Ricardo A. Guibourg

Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires

Declaración de Personalidad de las Ciencias Jurídicas

Ricardo A. Guibourg

Miércoles 3 de junio de 2015, 18.00

 

Yo sé por qué el doctor Ricardo Guibourg merece esta distinción. Ésta y la mayoría de las distinciones – honorables como ésta – que andan por ahí. No sé por qué, en cambio, resultó que soy yo la que está parada acá para decir alguna cosa. Porque a pesar de haber elegido un oficio tan formal, tengo personalmente alguna dificultad para los actos formales. Así que temo no dar con el tono adecuado para el día de hoy. Confío en que sabrán disculparme. O que, al menos, sabrán disimularlo.

¿Qué tipo de palabras se espera que pronuncie?, me pregunté más de una vez en estos días, ¿de qué Ricardo Guibourg esperarán que hable?

Puedo hablar del Ricardo Guibourg docente. De ese que llega absolutamente puntual a todas sus clases, del que mantiene idéntico entusiasmo con un alumno que con cincuenta, del que no roba jamás un minuto a la hora de la salida. Del mismo que fue discípulo de Gioja y lo hace presente en nuestra Facultad, cuando lo homenajea con su recuerdo. Del que es capaz de sentarse alrededor de una mesa, digamos todos los jueves, para leer página por página libros que él conoce de  memoria pero permitieron a los demás descubrir la aventura de pensar. Del docente profundamente formado y con una cultura general inusual, cada vez más inusual, pero que escapa en su estilo de las citas eruditas, de las palabras grandilocuentes y del estilo intelectual que al mismo tiempo que rinde culto a los autores corre el riesgo de obturar el pensamiento.

Guibourg, además, brinda a sus alumnos una oportunidad infrecuente: estimula la reflexión introspectiva, provoca el debate, respeta los juicios y contribuye para que – en un cauce a la vez firme y sutil – cada uno ponga en orden su propio sistema de pensamiento. Finalmente, devuelve a cada alumno una calificación fundada al resultado de su trabajo en el curso.

Pero puedo hablar también del pensador. Guibourg es filósofo en el sentido más puro, más ateniense, del término. Porque está más atento a formular las mejores preguntas que a transmitir respuestas. Incluso a pensar cómo definir “mejores preguntas”. Hay en él, diría, algo paradójico: aunque es una persona correcta como no he conocido otra, se mueve en una dimensión de la realidad desde la que – en algún sentido – siempre hace y dice lo que se le da la gana. Es libre. No tiene miedo de pensar y corre la barrera de lo que está “autorizado”. Savater, hablando de Orwell, decía que eligió lo más difícil, porque “no escribió para su clientela y contra los adversarios, sino contra las certidumbres indebidas de su propia clientela”. Guibourg también elige este tipo de dificultad, en especial cuando con puntería de tirador avezado da en el blanco de lugares comunes, de dobles discursos y de correcciones políticas bobas. Todo, demás está decirlo, con una elegancia, con una solvencia y con un rigor que ¡cómo hace uno después para no estar de acuerdo!?

Si prefieren, puedo hablar de Guibourg como autor. Sus libros van de la filosofía al derecho, ida y vuelta, alternando la intensidad de cada disciplina pero siempre, en alguna medida, aquélla al servicio de éste.

Cada una de sus pequeñas columna de La Ley es hipnótica y todas ellas juntas resultarían en un volumen magistral e imprescindible para la formación de un abogado. Los códigos y las leyes se podrían estudiar después. Hay tiempo de sobra para eso si primero los pensamientos están clarificados.

En obras colectivas, en las que he tenido el gusto enorme de trabajar, es metódico, es organizado, es el primer cumplidor de los tiempos, es generoso, es obsesivo en la corrección, es elegante al momento de revisar, unificar y conservar el estilo. Puedo dar testimonio de que ninguna reunión de trabajo se diluye en circunstancias intrascendentes: conduce la labor del conjunto pero trabaja a la par, eleva la calidad del promedio y está dispuesto a generar un espacio adicional para prácticas que estos tiempos han abandonado, como consultar las fronteras de un significado en el diccionario o revisar el debate parlamentario de una ley.

También puedo hablar del juez. Lo vi veinte años ejercer esa función y mi ideal de cómo debe ser un juez se encuentra ya indisolublemente unido a su imagen. Si este país hubiera querido ser mejor de lo que es, no se habría permitido a sí mismo que la carrera judicial de Guibourg terminara en la instancia de la Cámara.

Es cierto que algunas tareas son colectivas, sobre todo las que dependen de organismos colegiados. Pero algunas improntas individuales modifican de modo definitivo esos organismos. La impronta de Guibourg fue uno de esos casos y su presencia marcó una época en la justicia del trabajo.

Estamos acá porque es un jurista destacado. Quién lo duda. No voy a hablar de la altura y de la calidad de sus fallos. Pero como juez fue también un especialista en mejorar la calidad de la gestión, antes de que mejorar la calidad en la gestión se convirtiera en una especialidad en sí misma. Y lo hacía en dos ámbitos.

El primero, el respeto irrestricto e innegociable a la letra del artículo 16 de la Constitución Nacional. Los protocolos de los acuerdos de la Cámara del Trabajo son testigos de su lucha consistente, constante y, en muchísimas ocasiones, solitaria, para que el acceso a todos los cargos del fuero del trabajo – la porción del Poder Judicial que estaba a su alcance – se dirimiera mediante oposiciones públicas. Su terquedad y su claridad en la redacción de reglamentos fueron contribuciones a un fuero del trabajo que fue modelo y ejemplo en este sentido.

El segundo: la lucidez en sus decisiones en materia informática, como coordinador de la comisión de la Cámara, colocó al fuero a la vanguardia de las innovaciones tecnológicas y condujo más tarde a la puesta en marcha de un excelente programa de gestión, de confección automática de todo tipo de documentos y estadísticas y de auténtica notificación electrónica; todo, absolutamente todo, sustentado en un desarrollo interno, con personal del fuero y gratuito, quiero destacar que gratuito, para el Estado, al mismo tiempo que otros fueros naufragaban en costosos e ineficientes programas contratados a servicios externos.

Creo, además, que es una buena oportunidad para recordar algunas pequeñas cosas que – personalmente - nunca podría olvidar.

En la pobreza habitual de los tribunales, con un par de empleados quisimos embellecer nuestras oficinas y un fin de semana las pintamos y alfombramos. Y colgamos unos afiches publicitarios que nos parecían lindísimos. El lunes, cuando llegó, Guibourg, sorprendido por nuestra tarea, la halagó y nos preguntó amablemente: “¿Colgaron una publicidad de Panam?” No hizo falta otra palabra para fijar un límite: los espacios públicos deben estar despojados de propagandas de cualquier tipo.

Otra. Seguramente ustedes saben que la gente importante no acostumbra atender el teléfono. Ni hace personalmente sus llamados, claro. Para eso están las secretarias, los asistentes. En su despacho de juez, Guibourg siempre atendió su teléfono e hizo sus propios llamados. Entre esos llamados recibió una vez uno insólito: una mujer intentaba comunicarse con una dependencia del Ministerio de Trabajo, una suerte de bolsa de empleo de costura a domicilio. El teléfono figuraba mal en guía. Vaya a saber uno de qué modo entendió Guibourg vagamente comprometida su función pública. Y le prometió a la mujer conseguirle el número correcto. Buena parte de la mañana lo vimos dedicarse, personalmente, a dar con ese dato. Entonces anotamos: ninguna tarea es menor y todo ciudadano merece una respuesta de un funcionario público.

La última. Para los primeros años de la década del noventa era impensado que el Poder Judicial proveyera computadoras a todas las dependencias. Guibourg llevó una para su uso personal a la cámara, debió haber sido el primero, y un grupo de empleados nos entusiasmamos con comprar otra. Se lo contamos. Inmediatamente se sumó a nuestra iniciativa y decidió, además, que para esa computadora que sería nuestra no sólo también él aportaría sino que lo haríamos todos en proporción de nuestros salarios. Esa primera computadora, en la que rotábamos todos para trabajar, implicó el inicio de un cambio del modo de organización tradicional del trabajo de la oficina judicial. Y eso que todavía no existían cursos de liderazgo.

En todos esos años de oficina no hablaba jamás de sí mismo. Pero tampoco hablaba de los demás: todos, indefectiblemente, lo escuchamos alguna vez censurar – con su consabido don de gentes – algún comentario o algún argumento por involucrar circunstancias de la vida privada. El chisme o el cotilleo estuvieron y están fuera de su universo.

Pero también, si quieren, puedo hablar de Pachi, del amigo. Es generoso, es ocurrente, es presente. Su casa tiene las puertas abiertas a la reunión. A los sucesivos grupos de investigación, a los amigos, a los profesores extranjeros en tránsito, a los alumnos de la maestría al finalizar cada ciclo. Sin embargo, no podría decir que es el mejor anfitrión, porque ese lugar le corresponde a Virginia que, además, es una cocinera superlativa.

La más encantadora guía de viajes que jamás leí, y que me acompañó en mi primera incursión europea hace sólo un par de años, tuvo forma de correo electrónico. Y, sí, llegó de su casilla. Su descripción de las callecitas, de los lugares, de los tesoros escondidos, sus referencias históricas como al paso, sus recomendaciones gastronómicas. Su sola lectura adelantaba el placer del paseo.

¿Qué más les puedo decir de Pachi?

Cuando lo conocí, yo era una joven idealista y pensé que era él un señor mayor y conservador. Hoy sé que estaba doblemente equivocada. Era ciertamente un hombre joven (no podría no serlo, tenía prácticamente la edad que yo misma tengo hoy). Pero, además, todos estos años fue, es y no tengo dudas de que seguirá siendo, un hombre joven. Porque es una mente joven. Y no porque esté atento a las nuevas tecnologías, que lo está, sino porque está atento a los desafíos de la vida contemporánea y, sobre todo, porque está dispuesto a correr hacia adelante y de modo novedoso los límites del pensamiento.

Es un hombre austero. Como juez o como profesor, siempre lo vi discretamente vestido, con aspecto de empleado, o de funcionario. Nunca lo vi insultar, nunca lo vi agredir, nunca lo vi mostrar algún signo de autocompasión. Muchas veces lo vi, en cambio, institucionalmente solo, conmovedora y tercamente solo. Alzando su voz serena, pronunciando palabras clásicas y soportando todos los costos de la propia coherencia. Así, como las imágenes embellecidas por la historia garabatean la figura de un ciudadano de la Antigua Roma.

Su número de teléfono está en guía. Su puntualidad inglesa es el primero de sus muchos gestos de respeto hacia los demás. Su inteligencia se anticipa a la época. Su pluma es exquisita. Su honestidad se filtra en los detalles más pequeños. Pachi tiene esa manera exacta de comportarse que hace más soportable nuestras vidas. Y, también, por qué no, las hace más interesantes, más bellas y más esperanzadas.